Casi como una buena terapia, mejor que una medicina, como ver una película pero real, cuando las palabras no tienen lugar, solo observar y disfrutar. Así se sienten los abuelos y abuelas que viajaron al mar.

Sensaciones
“Uno sale un poco del rol médico y trata de ser un poco más el cómplice y amigo para lo que puede suceder en un viaje de estas características. Indudablemente que desde el rol de médico yo vi que este viaje era mucho más potente que un antidepresivo, era más potente que el analgésico más fuerte que hay en el mercado, que le trasmitía muchísima tranquilidad, seguridad. Poder decir: “me olvido por un día de todos los males que tengo, de lo que me aqueja diariamente, a que hora tengo que tomar la pastilla, lo que me duele, lo que me molesta, no puedo dormir, estoy triste, estoy solo, mi familia no está conmigo, la soledad del adulto mayor se ha hecho muy fuerte últimamente y eso condiciona el proceso de salud y enfermedad de ellos. Después, soy uno más del grupo, viendo lo que era la experiencia de ver el mar, pero además estar en Atlántida, ir a Pirlápolis, estar en el Cerro de San Antonio viendo esa inmensidad de la naturaleza con adultos mayores que me decían: “yo de acá puedo oler el mar” y de pronto yo como el más joven de la delegación yo decía “nunca me he puesto a oler el mar”, pero si de cómo transmitían ellos un montón de vivencias, la brisa, como les daba en la cara, ese viento, ese olor, que de pronto cualquier otra persona nunca le ha dado la importancia, y su edad y estando ya como todos jugados, como diciendo, “ha esta altura ya no voy a conocer más”, tenían la posibilidad de tener experiencias nuevas y sumamente gratificantes, para decir: “estoy vivo, puedo dar mucho más, puedo seguir para adelante, tengo cosas para dar y para compartir”. Además está lo que se vivió en cuanto hospitalidad, a compartir, y ese beneficio mutuo que tenían con todos los que formaban parte de esta experiencia, de este
viaje”.
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